En un bar de mala fama, con las paredes medio derrumbadas, con fotos mías medio quemadas y sin ventanas.
Sin ventanas porque están tapiadas. Para serte sincero, no hay cosa que me produzca peor sensación que la de ver algo, una puerta, una ventana, un día, una noche... tapiada.
Y una mesa alumbrada por dos velas que en cualquier momento podrían prenderle fuego a todo.
Menos mal que están tus salvavidas mirándome.
- Bueno, ¿qué cenamos?
Un nudo pasaba por mi lengua, mi cuello, su cuerpo. Mi perdición.
- Pues algo dulce, ¿no?
Y yo sin acordarme de que le gusta lo amargo.
- Mira, sí, me apetece algo de chocolate. Y nata.
Saco mis dotes de cocinero y le hago el traje de chocolate y nata más apetecible del mundo.
Se mira a sí misma y, yo, estúpido y torpe como siempre, no caigo en la cuenta de que era ella la que quería comer, y no ser comida. Tampoco puso queja en aquél festín.
- ¿Pedimos la cuenta?
- Venga, una copa y nos vamos.
- No me puedo aguantar a eso, no he cenado aún.
Me pierden las maneras y lo que no se ve. Bailando lenta y apretando mi corazón con sus piernas. Me deshago en un escalofrío. Tras su ojo, llega el otro. Tras un polvo, otro más largo.
Factura a pagar desde el día de hoy.
Perdona mi vulgaridad, pero aquí sigo, lamiendo y relamiendo tus besos.
Intentando hacer reforma desde aquel incendio.
Música de algún cantautor venido a menos, una copa de vino, caliente, y el vino también, con un gato y sin tus veranos largos.
Ya voy borracho. Me dejo ya los labios.
Eso lo digo siempre.
Espero a que llegues del trabajo, preocupado, sin pensar en lo que el viento me trajo.
Si quieres nos quitamos la ropa y leemos algo.
Que la luna se me llene de tus besos. Y si se acaba, que se acabe. Te quiero más a ti que a ella.
Eso no lo digo nunca.
Espero no tener que darle explicaciones al oído.
Y que nos limpiemos antes de salir corriendo,
ya que el agua
está
hirviendo.
Lunas noches.

No hay comentarios:
Publicar un comentario