Estos últimos días estoy especialmente mal de salud.
Creo que es porque cada uno mira por lo suyo, incluyéndome yo mismo, que estoy deseando verle.
Lo que es mío es las ganas de verle.
Ella es libre. Es lo más bonito que puede tener.
Bueno, empiezo.
Sentado en un parque, pasando calor, esperaba que su falda se sentara encima mía.
Hace tiempo que no pienso en sus volantes,
aquellos que, de un giro, hacen que salte el airbag de mi timidez.
Me quito los coleteros de la mano derecha.
Sudo demasiado.
Pienso que no soy apropiado.
Apropiado para verla y besarla.
De repente, llega.
Tan guapa como siempre.
Tan seria como nunca.
Se me pega su expresión y... ocurre.
"No te quiero."
Se acabaron las miradas.
De los apretones de manos,
ya no queda absolutamente nada.
Nunca más tocaré sus bragas mojadas.
Entendía por qué lo hacía.
No somos suficiente para nadie. O somos insuficiente, o más que sobresaliente.
Nunca,
nunca suficiente.
Después de aquello, me levanto del asiento para llamar a la calma.
Tenía que aceptar que ella no iba a ser más quien me salva.
Me salva de las noches de música electrónica,
de fumarme un cigarro cuando me aburro,
de rascarme si mi espalda lo necesita,
de tener que impresionarla poniendo una expresión de tipo duro.
Que no dependamos de la felicidad de otro para obtener la propia,
pero
qué le hacemos
si nos tenemos que recomponer cada vez que nos tocan
cada vez que nos rompan
y lo más importante,
cada vez
que
nos
coman.
Lunas noches.

No hay comentarios:
Publicar un comentario