Nota: Antes de empezar a escribir, dejar claro que el síndrome existe.
Llegué al hospital una hora antes de la cita.
El doctor se merecía puntualidad.
Como todo.
- Adelante.- Dijo una voz que provenía de dentro de la habitación.
Empujé despacio la puerta, como si no quisiera hacer ruido alguno, como si la estuviera acariciando.
- Mire, llevo un par de días bastante raro.- La mirada del doctor se clava en la mía y, por ende, en mi alma.
Es que no consigo que mi mano me obedezca. Hace lo que le da la gana. A veces aplaude, otras acaricia, otras aprieta muy fuerte...
- No diga más.
- ¿Sabe el motivo de esto, doctor?- Miré preocupado las palabras que iban saliendo de su boca.
- Sí, lo sé.
- Y, ¿a qué espera?, ¿Qué me pasa?
- Pues... que está jodido.
No soy doctor, pero vaya, eso ya lo sabía.
- No me vacile, que bastante tengo con mi hijo.
- No le vacilo. Usted no es dueño de su mano.
- ... ¿Y qué debería hacer?
- Buscar a su dueña.
Lunas noches.
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