domingo, 22 de mayo de 2016

Cuéntame un cuento.

Érase.
Porque ya no es.
Un hombre con el pelo muy corto, unas cejas pobladas, orejas pequeñas,
ojeras algo más grandes,
ojos pequeños, cuasi negros, labios gruesos y una barba aún sin cerrar.
No era lo único que estaba abierto.

Atento.

Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra.
Y llevaba dos relojes.
Sí, uno en cada muñeca.
A modo de grilletes.

Esclavo del tiempo,
ex-clavo de alguna musa que no supo.

No sabía que era musa y los reflejos de la luna confundían lo poco que se lamían.

Reflejos los de aquel cristal que le rajó su muslo izquierdo.
Zurdo el pensamiento de curarle cada rasguño.
Demasiado tiempo con botones en vez de ojos.
Con ropajes incomodos en vez de su propia piel.

Charcos de agua sucia miran a aquel joven, qu(h)erido, abrazarla por la espalda.
Abrazar los miedos, besar los besos.
Imaginarte objeto.
Como una casa. Una de verano, para ir cuando necesite sentirme bien.
Sentirme mal.
Mentir.
Latir.

Y, cómo no,
morir.

Para que realmente, pueda conjugar el verbo herir.
Porque pasó el "te quiero", al "te hiero".
Una mirada sincera, a una palabra sin sentimiento.

Mi corazón está para romperlo veinte veces.
Vente, que nos va a dar la risa.

Hoy, por suerte,
no hay prisa.



Lunas noches.














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