De nuevo, aquí estamos.
Me escribiste para decirme que ya no me ibas a escribir más.
Algo tan bien sabido, como callado.
La presunción me quiere hacer daño. Debería hacerme daño.
No lo hace.
"Creo que estoy bien", pienso, mientras hago mi maleta para irme de aquel ático al que llamas pensamientos.
Me quedé con ganas de sentir más, la verdad.
La mañana en que se abrió la caja de Pandora, iba en pantalones cortos negros.
Nunca pensé que algo de color negro pudiera resultar feo o
desfavorecedor. Y, sin embargo, ese pantalón me plantaba todas las dudas ante mis narices,
derramándose sobre mis hombros en olas de "pude haber hecho más" y "nunca fui suficiente".
Esa mañana estaba feo, pero más importante aún: me sentía feo. Los días habían estado envueltos en una abrasadora brisa y el verano aún se
antojaba largo y lleno de sorpresas, que titilaban como luciérnagas en
el horizonte.
Subí a la furgoneta para volver a casa, como un padre cansado de sus hijos volviendo
a su indeseada cama. Coloqué
mi macuto debajo mía (qué raro se me hace esto de viajar tanto sin ser el sitio en el que estás tú) y las
manos enguantadas de ganas de abrazarme.
Y entonces tú apareces en mi cabeza.
Empieza un baile.
La mañana en que se abrió la caja de Pandora, yo me quedé petrificado,
como si hubiera visto a todos los fantasmas del mundo corriendo en
tropel para robarme el alma. No recuerdo si pestañeé.
Seguramente no.
Como por arte de magia, numerosos engranajes empezaron a correr y a
girar dentro de mí, activando un mecanismo que ya daba por obsoleto.
Suena música.
Mil cosas se me pasaron por la cabeza. Y ninguna de ellas era girarme y
mirarte.
Al pasar al lado mía, me miraste. Dos veces. Yo seguí con la mirada fija
al frente, como si la carretera que veía
fuera la cosa más importante del mundo. O como si en ese momento me
hallara inmerso en complejas meditaciones sobre el origen del universo.
Cualquier invento menos pensar en que acababa de entrar en el baile la persona que alguna vez me había roto el corazón.
(Dos veces.)
Y la caja de Pandora se abrió y se desparramaron fotos viejas y pañuelos
bordados, canciones prohibidas y sentimientos atrapados en frascos con
etiquetas que han amarilleado con el paso del tiempo. El polvo de
estrellas se quedó flotando en el aire. Y sobre mi pantalón negro, igual
que aquel vestido verde, se derramó el perfume de los recuerdos que se
acumulan en los áticos de las casas antiguas.
Cuántas cosas te hubiera dicho si no hubiera sido por el hecho de que tú y yo ahora hablamos idiomas distintos.
Rato después, cuando por fin llegué a mi destino y me bajé de la furgoneta, noté que ya no me ibas a mirar nunca más.
Y, al notar eso, ni siquiera te dirigí la mirada cuando
empecé a caminar por la acera, antes de que la noche llegara de nuevo.
Puede que pensaras que ni siquiera fui consciente de que estabas ahí. A
decir verdad, creo que lo prefiero así.
Lo único que importaba era que la caja de Pandora había sido abierta de nuevo.
Y a ver quién era la persona bienaventurada que la conseguía volver a cerrar.
Lunas noches.

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