Me ahoga la rabia, me vence el cansancio.
Tras romper todos los cristales, ya sólo queda recomponerlos y edificar
algo hermoso en medio de toda esta inmundicia. Que nazcan las flores en
los campos de batalla. Que crezca la vida donde alguna vez se derramó la
sangre.
Tengo la piel sucia, llena de veneno y sal, tras tirarme de barcos que
zozobraban y amenazaban con naufragar. Llegué hasta las profundidades
abisales, donde reina la oscuridad absoluta y moran criaturas extrañas
con aspecto de pesadilla. Recorrí los esqueletos de barcos hundidos que
tuvieron la desgracia de hallar su tumba en el fondo del mar. Me
salieron ronchas, escamas, cicatrices que me recorrieron los brazos y me
treparon por la garganta, como una planta enredadera repleta de
espinas.
Y, en el fondo, en ese mísero fondo, sólo estaba yo.
Tardé demasiado en darme cuenta de que no necesitaba más.
Corté todas las malas hierbas que infestaban mi jardín. Abrí las
ventanas de mi casa para que pudiera entrar aire puro, y para que las
corrientes del nuevo día pudieran llevarse todo lo viejo, todo lo
muerto. Le di una capa de pintura a mi mirada desvencijada y cubrí de
flores todas las trincheras donde tantas veces me vi morir.
Flores. Qué (des)gracia.
Y, aun así, todavía me enfado. Me enfado cuando, en la travesía, llegan
hasta mis oídos los agudos cantos de sirena, presagio de horrores y
maravillas. Y me enfado cuando me abrazan incendios que no sé apagar, y
lentamente rodean mi cuello suaves lazos de seda y brasas.
Pero sigo nadando. Estoy demasiado ocupado para perder el tiempo
contemplando horizontes que me ofrezcan oasis imposibles; tengo una
guerra que librar, una revolución que llevar a cabo (va a ser
violenta, y va a dejar muchísimas cosas por el camino).
Mejor ser el caballero de las flores que se me impone.
No quiero arder.
No puedo.
Más.
Lunas noches.

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