Como he dicho, hoy es día de escribir.
De escribir bien.
Con miel.
Sobre tu piel.
Bueno, empecemos, que la noche es larga, y yo soy fácil de convencer:
Eran una pareja de lo más peculiar.
Tenían, qué carajo digo, tienen canas, arrugas.
Ojos brillosos cada dos por tres.
Viven en un pisito, al lado izquierdo de mi corazón.
Ahí se dicen cosas bonitas.
- Toma la sal.- Le dice María mientras le acaricia la mano al retirar la suya.
- Qué bien estamos aquí, ¿no?
- Sí, aunque estaría bien poder salir un rato.
- La verdad que sí. Pero luego volver a entrar eh.
- Sí, claro.- Exclama ella, con una sonrisa en la cara.
Bueno, ahora que hemos acabado de comer, podríamos ir a la cama un rato.
- ¿A la cama, María? ¿Quieres echar la siesta?
- Sí, claro.- Volvió a expresar con la misma cara de antes.
Y allí, los dos, entre sábanas, se sinceraron.
- Te quiero mucho, María.
- Algunas veces, siendo sincera, me olvido de ti. No me preocupo, vuelvo a verte, y sé que te quiero.
Se fundieron en un beso casi tan largo como la llorera que me estoy pegando.
Hicieron el amor.
En mitad, ella sufrió un ataque de amnesia.
Y, ¿sabéis qué?
Le amó con vergüenza,
con pasión,
como si fuera un desconocido.
Y ese día,
esa noche,
esa vida,
la repitieron como si de algo sempiterno se tratara.
- Vuélvete a la cama, anda.
Y así infinitamente.
Lunas noches.

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