lunes, 18 de septiembre de 2017

No soy un paladín.

La gente que creer conocerme tiene la mala costumbre de decir que soy un paladín.
Una persona que persigue la luz, cuasi santificada, como si no tuviera defectos.
Y sí que los tengo.

Me considero una persona seria.
No toda mi vida he sido así.
Ya sabéis, los palos que todos nos hemos llevado.

Detesto a las personas que no aman a los animales.
Tiendo a ser asocial.
No me gusta conocer gente nueva si sé que no la voy a volver a ver en mi vida, o será la primera de tres veces que la vea.
Me da pereza casi todo en esta vida.
Fuera del ámbito educacional, detesto que haya niños a mi alrededor.
Me asombra lo poco que se han preocupado de mi comparado con lo que yo me he preocupado por los demás.
Me callo cosas que debería decir.
Me quiero alejar de casi todo lo que quiero cuando digo que me quiero ir a vivir al extranjero.
Detesto la vaguedad ajena, cuando yo soy el primero.

Nunca he dicho ser un santo.

Suspiro al ver pasar un culo, una cara, un pelo, que me recuerde a ella.
No soporto estar lejos de los que más quiero.
Soy un esclavo del tiempo.
Soy tremendamente impaciente.
La impuntualidad sería una razón para dejar de hablar hasta con mi familia.
No merezco a ninguna de las personas que me quieren o han querido.
Soy tremendamente impulsivo para con mis sentimientos.
Detesto a niveles estratosféricos que se pongan a llorar delante mía por alguna discusión.
Por ende, me falta asertividad.

Como he dicho, no soy un paladín.
Yo no busco el camino a la luz, ni quiero salir de esta, mi oscuridad.
Sí, también defiendo a capa y espada que no soy oscuro.
Solo yo tengo derecho al disfrute de esa parte de mi alma.

Nada provechoso, como veis, tenerme cerca.

A los que abrazáis mi oscuridad,
gracias.

A la persona que me quiera conocer ahora mismo,
no, gracias.

















Lunas noches.

No hay comentarios:

Publicar un comentario